Enero 30 de 2281
Este será el último número de Crónicas de Serena. No, no estoy claudicando (otra vez). Simplemente decidí cambiarle el nombre. Al fin y al cabo, lo que viene ahora es narrar mis experiencias en este viaje, así que pensé en bautizar este diario como Crónicas de Valery. Pero luego de meditarlo tres segundos me dije: no.
A partir de hoy, les doy la bienvenida a Crónicas de Pacífica. Mi intención es recorrer todo ese continente… lo cual no tiene demasiado mérito, porque en realidad consta de la isla principal, donde está la capital (Isla Noris, o simplemente Noris), y al sur, la gran isla de Antelias, paraíso de pingüinos y escaladores extremos. Eso me cuentan dos colegas que ya han estado allí, aunque, por supuesto, pienso comprobarlo con mis propios ojos.
Nuestra salida (sí, dije nuestra, no voy sola) será el próximo 2 de febrero. Y ya que estamos, hablemos de mi acompañante.
Se trata de uno de mis clientes habituales. Trabaja en una compañía de San Francisco que contrata mis servicios, y los de otros curadores para manejar información. Resulta que hace tiempo había recibido un premio de su empresa para canjear por tiquetes. Él quería viajar a Pacífica, pero no encontró quién lo acompañara, hasta que leyó esta crónica y decidió que sería el plan perfecto. A mí me pareció muy bien: el tiquete me habría costado cuatrocientos dólares (unos trescientos cincuenta solares), y no voy a quejarme por ahorrármelos. Me los gastaré en cachivaches tecnológicos.
No hay nada romántico de por medio. Él es bastante mayor (tiene unos 32 años), pero es buena persona, al menos en el holo. Lo conoceré en la escala en San Francisco, donde abordará.
El trayecto será: Buffalo – Nueva York – San Francisco – Noris.
Me quedan unas cuantas horas de trabajo para poder irme de vacaciones sin pendientes, así que por ahora me despido.
P.S. En mi investigación sobre los anti-mods descubrí que tienen un manifiesto y hasta un lema solemne: “La evolución no necesita atajos”. Muy inspirador, hasta que piensas en las familias que han perdido a alguien por una enfermedad que pudo evitarse con terapia genética. Ellos dirán que es “natural”, pero dudo que esas familias estén de acuerdo.
También insisten en que las modificaciones corporales profundizan la desigualdad social: quien puede pagarlas accede a mejores capacidades y oportunidades, y quien no, se queda mirando. Y en eso, hay que darles la razón.
Prometo seguir contando, porque este tema tiene mucha más tela que cortar.










