Febrero 2 de 2281
¡Llegué a Nueva York!
Tomé el Ferrovac en la estación de Buffalo y, cuarenta y cinco minutos después, ya estaba aquí. Bastante rápido, aunque según me dijeron otros pasajeros, la ruta es tan corta que el vagón ni siquiera se digna a alcanzar su velocidad máxima (unos doce mil kilómetros por hora). Eso quedará para el tramo largo hasta San Francisco y, después, Noris.
Lo que más me sorprendió fue la suavidad y el silencio. Solo se escuchaban las conversaciones de los pasajeros, lo cual, créanme, a ratos fue peor que cualquier motor, pero nada más: ni zumbidos, ni chirridos, ni rieles. Claro, tiene sentido: básicamente vamos en una cápsula flotando por magnetismo, sin tocar nada, y una vez se sale de la estación, las vías son tubos de nanoglass y arconita al vacío. Como el sonido no viaja en el vacío, lo único que podría filtrarse sería la voz chillona de mi prima Ashley. (Solo bromeo, primita. Te adoro).
Para rematar, casi todo el trayecto va bajo tierra, lo que añade otra capa de aislamiento. Mejor no pienso demasiado en eso o me dará claustrofobia, pese a las pantallas “decorativas” que pretenden convencerme de que estoy viajando con vistas al mar de Grecia.
Tuve que hacer un trasbordo al vagón A290, diseñado para viajes intercontinentales.
Próxima parada: San Francisco, a casi 4.200 kilómetros.
P.S. ¿Sabían que hasta hace relativamente poco, Estados Unidos seguía usando el sistema imperial de medidas? Eso quería decir que no hablábamos en kilómetros sino en millas, ni en litros sino en galones, y que medíamos la estatura en pulgadas (o en “seis pies y pico”, porque hacer fracciones siempre fue demasiado pedir). Solo cuando los autos autónomos llegaron y ya no había conductores humanos para estrellarse por confundirse con las medidas, pudimos ponernos al día con el resto del planeta. O sea, dejamos de ser el último adolescente rebelde que insiste en llevar zapatos deportivos a una boda de gala.










