Febrero 2 de 2281
¡San Francisco a la vista!
¿Adivinan cuánto duró el viaje? (Los que ya lo saben, no hagan trampa).
Exacto: 35 minutos. Menos de lo que tardé de Buffalo a Nueva York, y eso que ahora crucé casi todo un continente. Tiene lógica: a más distancia, más tiempo para acelerar… aunque, si me piden una explicación técnica de por qué ocurre, lo único que puedo aportar es: “porque sí”.
Ya se subió Rob, mi compañero de viaje. Muy atento, apareció con fresas con chocolate. Puede que sea porque en una crónica anterior confesé que es mi postre favorito… o porque, cuando me preguntó qué me gustaba, respondí “fresas con chocolate”. Genio de la deducción, este Rob.
Por cierto, les dije que tiene 32 años, pero la verdad parece… un poco mayor. Tranquilo, Rob, sé que lo vas a leer. No es crítica, es solo que eres tan formal y pulcro que pareces sacado de un catálogo de “El oficinista moderno”. Lo prefiero así: mejor un poco de seriedad que un loco persiguiéndome con cuchillos.
Y hablando de locos, tengo que contarles algo. Entre Buffalo y Nueva York fui al baño y juraría que escuché una voz susurrando obscenidades. Pensé que era mi cabeza jugando conmigo (gracias, estrés), pero en el tramo a San Francisco volvió a pasar. Muy bajito, apenas audible, lo suficiente para que no sepas si es alguien detrás de la pared u otro pasajero oyendo canales para adultos.
Sea lo que sea, confieso que me siento más tranquila con Rob al lado. (Aunque no te emociones, Rob: si viajara con un doberman, todavía me sentiría más segura).
Próximo destino: ¡Noris! Y confieso que estoy emocionada, aunque si es tan aburrida como dijeron mis colegas, tal vez la emoción no dure tanto.










