Febrero 2 de 2281
¡Estamos en Pacífica!
Para los dos o tres lectores a quienes todavía les importe, el viaje duró poco más de una hora. En algún punto, muy por debajo del océano Pacífico, las vías del Ferrovac se bifurcan: una rama sigue hacia Australia y la otra hacia Pacífica. Ese “cruce de caminos” obliga a frenar un poco, alargando el trayecto unos quince minutos, pero, vamos, una hora para cruzar medio planeta no es precisamente para quejarse.
Mientras miraba las pantallas, que proyectan paisajes para que uno olvide que viaja dentro de un tubo al vacío, pensé en los viejos libros que describen travesías de semanas o meses. Me da una nostalgia totalmente irracional, porque si tuviera que pasar una semana entera encerrada en un transporte terminaría hablando con mi gato. (Oye, en verdad ya hablo con mi gato, espero que el droide lo esté cuidando bien).
Y hablando de existencialismos, las distancias en la Tierra ya son casi irrelevantes. Todo está, literalmente, a la vuelta de la esquina gracias a esta tecnología desarrollada, cómo no, por Pacífica.
Se lo comenté a Rob y, sorpresa, descubrí su faceta de activista. Entre bocado y bocado de las fresas que él mismo trajo, empezó a despotricar: que Pacífica se aprovecha de su supremacía tecnológica, que el Ferrovac crea una dependencia intolerable, que las nanoexcavadoras están convirtiendo el subsuelo en un queso suizo, y su frase favorita, “Si es tan fácil hacer túneles por todo el planeta, tal vez haya muchos más de los que nos cuentan”.
Luego, en un giro digno de un político en campaña, admitió que, bueno, los avances cambiaron el mundo para bien. “Sí, sí, quizá nos dieron un futuro sostenible”, dijo, “pero que conste que lo hicieron con puro interés económico”.
Claro, entiendo su molestia, sobre todo porque en Estados Unidos estamos acostumbrados a hacer todo por pura filantropía (aquí, por favor, imagínenme poniendo los ojos en blanco).
La estación de Ferrovac de Noris es enorme. Para ser un continente-ciudad relativamente pequeño, impresiona, más grande incluso que la de Nueva York. Aún no me atrevo a opinar sobre Pacífica, escribo esto mientras subimos a la superficie.
P.S. ¿Recuerdan que les hablé de las voces que decían vulgaridades? No volví a escucharlas pero me dejaron tan preocupada que decidí contárselo a Rob… en parte para que dejara el bla bla bla sobre Pacífica, pero tambien para escuchar su opinión. Rob cree que años de aislamiento me han vuelto algo paranoica; le di la razón, aunque ahora mismo tengo la sensación de que alguien nos observa.










