Febrero 4 de 2281
¡Soy una maga!
Sí, y de paso estoy volviendo loco a Rob.
Cuando me instalaron el neurocom me advirtieron que, en teoría, podría controlar gran parte de la tecnología a mi alrededor solo con pensarlo, aunque casi nadie logra dominarlo. ¿Lo recuerdan?
Antes ya había conseguido encender mi calefactor con la mente, pero en Pacífica todo es otro nivel. Los norisianos (o norisians, como les dicen algunos) han diseñado cada detalle para que funcione así, de modo que en el hotel puedo encender el holo, pedir servicio a la habitación, abrir o cerrar la puerta y, básicamente, manejarlo todo sin mover un dedo ni decir una palabra.
Rob me timbró temprano para que bajara a desayunar. Le conté mis nuevas habilidades y no me creyó, así que decidí darle una lección. Mientras él tenía que explicarle a la terminal de la mesa cómo quería su desayuno, usando el antiquísimo método de hablar, yo solo dejé que mi imaginación se convirtiera en pedido.
La holopantalla empezó a llenarse de instrucciones precisas: el punto exacto de cocción de mis huevos, la temperatura perfecta y cremosidad de la espuma del capuchino, la acidez ideal del jugo de naranja. Yo misma no habría sabido describirlo con palabras, pero el neurocom parece leer lo que ya tengo en la cabeza y traducirlo en órdenes para las máquinas.
¿Resultado?
Un desayuno delicioso, quizá el mejor que he probado, lleno de recuerdos que ni sabía que guardaba.
¿Y para Rob? Panqueques, huevos con tocino y café negro un poco frío. Pobre.
De la incredulidad pasó a la admiración. Ahora se esfuerza por imitarme, pero empezó a ponerse rojo como una manzana y no pude aguantar la risa. Yo no me esfuerzo, simplemente sale así, pero debo reconocerle su persistencia. Se negó a levantarse de la mesa hasta que lograra cambiar la velocidad del aire acondicionado. Estaba congestionado, casi a punto de explotar, y así durante más de diez minutos hasta que… ¡bravo! El aire se volvió helado sin que él hubiera movido un dedo. Lo aplaudí y él sonrió, entre complacido y exhausto.
En algún momento tendré que confesarle que lo hice yo, porque ya no soportaba seguir sentada cuando deberíamos estar recorriendo las calles de Noris.
P.S. 1: Rob prometió no leer esta crónica mientras viajamos, así que puedo escribir con total libertad. Se lo agradecí y, por si acaso, lo bloqueé, solo temporalmente.
P.S. 2: Llevo dos días increíbles en Pacífica, pero sobre esas 48 horas les contaré en la próxima. Solo adelanto que Pacífica dista mucho de ser aburrida y que Rob se ha revelado como un turista obsesivo de los registros.










