Diciembre 19 de 2280
¿Coincidencia?
Hace treinta y seis meses, días más o menos, cuando escribí la primera crónica de Serena, también era domingo, también era casi Navidad, y acababa de recibir la peor noticia de mi vida: el diagnóstico de su enfermedad.
En realidad, la noticia había llegado días antes, pero fue ese domingo cuando decidí escribir. Ese día nos tomamos un registro juntas: nos peinamos y vestimos igual, como cuando éramos niñas. Aunque esta vez tuvimos que usar maquillaje activo, porque Serena estaba mucho más bronceada que yo (Nota para el lector: ¡No te broncees, el sol es un asesino!).
Aquella primera crónica incluso tenía título: “¿Enferma, yo?”
Y jugaba con los lectores (treinta, después de un mes de publicada), retándolos a adivinar cuál de las dos había recibido del diagnóstico de miosarcoma de Kaelis.
Hoy, tres años, once cirugías, todas las terapias ortodoxas que existen y cuatro ensayos clínicos experimentales después, Serena cerró los ojos por última vez. Mi hermana mayor (nació tres minutos antes que yo, me lo recordaba cada año con aire de superioridad) ya no está. Y por primera vez en veintiséis años, no pasaremos la Navidad juntas.
Maldita ciencia inútil. Maldito mundo vacío. ¿Cómo se supone que sobreviviré a este dolor?
Gracias por leerme estos años. Gracias por acompañarnos en esta travesía absurda y cruel. Este es el final. Uno terrible, sí… pero final, al fin y al cabo.
Este es el último número de las Crónicas de Serena.
Adiós.










