Enero 28 de 2281
Ayer traté de comprar los boletos para mi viaje a Pacífica y adivinen qué: ¡no pude!
Resulta que Pacífica exige que todo visitante a su territorio tenga implantado un neurocom. Pensé en retomar el plan de Timbuktú, pero luego me dije: si Serena pudo escalar al Everest, yo al menos puedo dejar que me instalen esa tontería en la cabeza. Al fin y al cabo, casi todo el mundo lo usa y no les ha causado mayores problemas… salvo a Ivanna, que parece tener aire en la cabeza, pero dudo que sea por el neurocom.
Hice mi investigación y ahora ya tengo un frío pedazo de metal aferrado a mi cerebro.
Bueno, ya saben. En realidad no es de metal (ni mucho menos, como el de mi dibujo, jaja): me inyectaron un líquido cargado de nanopartículas (patentadas, claro está, por el gobierno de Noris), que viajó hasta mi sistema nervioso y se instaló allí como si fuera mi gato frente al calefactor.
Pensé en optar por la versión simple, la que usan los revoltosos anti-mods, pero luego razoné: si ya me van a abrir la cabeza, que valga la pena. Así que fui por la versión completa, la que supuestamente te permite controlar la tecnología solo con pensarlo, como si fueras telépata.
No todos lo logran, según me advirtieron. Y es cierto: cambiar el canal en el holo o encender la cafetera sigue siendo más sencillo con la voz. Pero conseguí encender la calefacción al primer intento, lo que me salvó de convertirme en escultura de hielo. Fué bastante divertido, eso tengo que reconocerlo.
La mejor parte: ya pude adquirir los tiquetes en Ferrovac a Noris. Gratis, por una simpática casualidad de la vida… pero esa es historia para otra entrada, si me animo a contarla.
P.S. En mi investigación sobre neurocoms descubrí que los anti-mods no son solo los bufones que increpan a los clientes frente a los talleres de modificaciones corporales. Detrás de esas payasadas hay un movimiento mundial con raíces profundas (aunque, sí, a veces siguen siendo bufones). Ya les contaré más.










